Agua que arriba
a la orilla en rumor
de despedida.
"Qué extraño es estar vivo [...] Tu vida la sostiene, acaso, esta extrañeza." J. Corredor-Matheos
El bosque no pisado es siempre oscuro.
Enfila cualquier senda, da lo mismo
la zurda o la diestra, mas camina
sin suelo contemplando aquellas copas,
los trinos y corteza, los frutillos
y tierra húmeda calando el cuerpo.
No prestes atención a lo que huye
adelante y atrás, sé este círculo
de agua. Pósate en este claro.
Sé preclaro en el bosque siempre oscuro.
En el sueño, recurrente hasta la pesadilla,
cometía el error de la esperanza, su hartazgo,
mantenerse inactivo en el miedo
(en medio de un pasillo infinito)
hasta que llegara lo imposible,
el deficiente paraíso del aprobado,
la utopía compasiva de la connivencia.
Ahora ya no espera y temerario, aún en sueños,
se entrega al estudio hasta el deliquio
insobornable del sobresaliente suspenso
(en el aula final del pasillo).
Pasajeros del miedo y capitanes nocturnos
cruzaron esa costa que uno sueña a veces como patria:
la muerte en los faluchos, la niebla en los faros,
un escritor yanqui como una cuba, ahíto,
y una amable joven que tal vez nunca estuvo
junto a mi en los viajes que la pasión emprende.
A un lado, la medina de esquinas turbulentas
y, al otro, oficiales puede que galeses.
Yo nací junto a un río que no existe hace mucho,
a la vera de un puerto donde el dinero es la ley.
Traíñas desguazadas, comerciantes cansados,
la bruma que amanece desfigura los rostros
y dioses distintos se lanzan a la calle,
en búsqueda de alguien que hoy les reconozca.
En Tánger, yo fui otro. En Gibraltar, sentí
que no hay bandera que sirva ni que merezca una muerte.
En Algeciras, estuve riñéndole a mi vida,
renegué de los años, maldije cuanto soy
y me libré a puñetazos de esa oscura memoria
que saca su cuchillo y lo esgrime delante
de un hombre que no sabe qué sentido tiene
soñar con nuevos mundos si no es posible éste.
Me quise forajido de la última frontera,
un vaso de té, una canción suave, mi cárcel fuere,
quizá un cigarrillo compartido al crepúsculo,
en un bar donde aceptase que el mar es el morir.
He aquí el Estrecho, acaricio su mapa.
Un almuédano grita hermosamente, un tipo
alija el contrabando, una muchacha rubia
dice I want you, no sin cierta ternura.
Uno estaba escrito de antemano entre sus casas,
como un barrunto del viento y el ánimo mestizo,
amurado a babor de su melancolía,
fugitivo, proscrito y sin salvoconducto.
Sobre el bajel del tiempo, yo vigilo las olas
y antiguas emociones siguen encalladas
contra el viejo muro de mis propios arrecifes.
Somos ese cadáver que está sobre la arena,
preguntándonos a todos quién es el culpable.
(De "Las causas perdidas", Juan José Téllez. Ediciones Endymion)
La piel rugosa y fría de la pared.
La espalda ya encorvada del cuarto de baño.
Los ojos de los fogones capaces de alimentar.
La boca silenciosa de la puerta donde no entran moscas.
La veste blanquísima del aire.
Los abalorios de las cosas y el mobiliario.
El pecho del balcón palpitando según tiempo.
La lubricidad con moho de las tuberías, lo indecible y la memoria.
El alma , la chimenea ausente o la estufa solitaria.
Las manos de los libros y los pies extensos del mármol.
El regazo estudioso del sillón.
La infidelidad del televisor.
La otra vieja indiscreta, la ventana a los vecinos.
El extraño nieto acabando no se sabe en un cuaderno.